lunes, 25 de agosto de 2008

El olvidado Mao


Siempre que veo una montaña de respetables dimensiones me acuerdo de Mao Tse Tung y del engaño que me hizo.
Fue en aquellos lejanos días en que había decidido dejarme crecer la barba cuando cayó en mis manos El libro rojo, una compilación hecha por el lambiscón de Lin Piao. Era un librito que contenía citas o pequeños relatos de Mao. La mayoría de los textos eran aburridos, insufribles y tenían un fin adoctrinador. Vagamente recuerdo uno de aquellos relatos.
Se trataba de una escena campirana donde Mao observaba que un anciano escarbaba en la base de una montaña, llenaba de tierra su carretilla y la transportaba a un distante valle donde vertía las rocas y la tierra. El octogenario iba y venía. Desde la sombra de un árbol un niño miraba el repetido y cansado ejercicio. Mao se acercó e interrogó al bisoño si sabía que hacía el anciano. El jovencito lo ignoraba. Mao llamó al viejo y le preguntó el por qué de esa fatigante y extraña rutina. El provecto respondió que esa montaña representaba el capitalismo que había que destruir, que había que quitar. Él sabía que el tiempo no le alcanzaría, pero estaba seguro que sus nietos algún día lograrían quitar esa montaña. A partir de ese momento, el niño se incorporó a la tarea de quitar la montaña. Esa era la historia.
Con el tiempo leí a Confucio y me encontré que Mao no había hecho mucho esfuerzo en acomodar una máxima del filósofo nacido hace 2500 años a sus propios intereses. “Transporta un puñado de tierra todos los días y construirás una montaña”. Mao me engañó como a un chinito.
Mao era hasta finales de los años setentas toda una referencia para hablar de China. Él interpretaba la milenaria historia y dictaba el futuro de esa comunista nación. Pero luego de su muerte en 1976, encarcelan a su mujer y a sus cercanos apologistas y comienza con Den Xiao Ping hasta el actual Hu Jintao una etapa de cambios que cuesta un poco de trabajo entender desde la lejanía.
En estas dos semanas los medios masivos e impresos nos mantuvieron al tanto de lo que sucedía en China, pero sólo en los deportes. Los recientes juegos olímpicos de Beijing (Pekín) nos volvieron la mirada a lo que sucede o podría estar sucediendo en ese enorme país, hoy la segunda potencia comercial del mundo.
Su nombre lo dice todo: “lo que está bajo el cielo”. Durante varios siglos, China se consideró a sí misma como el centro del universo. Tal vez su prolongado aislamiento obligaba al etnocentrismo; pero ahora es ya un actor y principal beneficiario de la globalización económica y, paradójicamente, el mundo occidental la ve con recelo y desea que el desarrollo de China se vea frenado.
Cuando se erigía la ciudad de Cnosos de la civilización minoica o cuando se levantaba el templo del Gran Jaguar en Tikal, ya en China había florecido y sucumbido la dinastía Xia en las márgenes del Río Amarillo. Los antecedentes de la antigua civilización china se remontan a cinco mil años antes de nuestra era. Después de los sumerios, fueron los chinos quienes primeramente configuraron institucionalmente a la sociedad.
A pesar de esa antigüedad, China se mantuvo miles de años gobernado por dinastías y bajo un sistema feudal. La última de esas dinastías, la Qing, de origen manchú, gobierna de 1644 hasta 1912, cuando el emperador Puyi es derrocado; agradezcamos a Hollywood y a Bertolucci por recordárnoslo. Los nuevos triunfadores instauran la República China con Sun Yat Sen y su partido, el Kuomintang. Luego gobernaría Chiang Kai Shek hasta que llega la revolución que encabeza Mao Tse Tung y el Partido Comunista y lo derrota en 1949; desde entonces se llama República Popular China.
China es un país enorme y diverso. Es el cuarto en tamaño y en su superficie habita la quinta parte de la población mundial. De la población total, 800 millones viven del trabajo agrícola. Al igual que México, China no es homogénea culturalmente, tiene 56 grupos étnicos con sus lenguas propias.
Pero ahora China está en los ojos y en la boca de todos. Logró atraer la atención del mundo. Y no serán sus 51 medallas de oro lo único que ganó. Será el régimen que encabeza Hu Jintao y Wen Jiabao el que se colgará otras medallas luego de hacer crecer el nacionalismo de los chinos: ahora tienen el reconocimiento internacional.
China y su gobierno sabrán manejar de hoy en adelante, a su antojo, las políticas de migración interna y las demográficas: llevarán a los campesinos pobres a las urbes y puertos para hacerlos obreros y comenzarán a reemplazar a su población que, debido a Mao, está envejeciendo.
Con la fuerza ganada, China ya podrá decidir, sin mayor presión, cómo llevar su crecimiento económico en relación con los costos ambientales. Ya sabrá si sigue poniendo sus fábricas junto a los ríos o arrojando dióxido de azufre a la atmósfera.
Con lo obtenido, también estará en relativa libertad de atender o abandonar la infraestructura social y lo que a occidente preocupa mucho: los derechos humanos. Ahí, el dueño y el gerente es el Partido Comunista y sus siete millones de afiliados, ellos sabrán si construyen más hospitales, escuelas y viviendas o mejor hacen aeropuertos, grandes rascacielos o trenes bala. Ellos sabrán ahora si le dan mayor atención a los reclamos de represión a disidentes o aceptan la oferta de Yahoo de operar en China a cambio de delatar a los disidentes en el Internet.
Con lo logrado en Beijing 2008, ahora China seguirá haciendo caso omiso de las acusaciones de robo de propiedad intelectual y de copia de patentes: total, fue la globalización la que no le puso reglas claras y la OMC sigue viéndola como un nuevo socio que exporta e inunda los mercados mundiales.
La China de hoy ya no es la del olvidado Mao, ya no puede ser descrito como un país comunista. Con frases como “La liberalización burguesa no significa tomar el camino capitalista. Nuestra tarea principal es construir el país, y las cosas menos importantes deberían subordinarse a eso. Aún si existe una buena razón para tenerlos, la tarea principal debe ser prioritaria. Ser rico es ser glorioso”, como decía Den Xio Ping, se desechó las propuestas del barbudo de Tréveris y comenzó su carrera de muchos kilómetros hacia la riqueza económica a costa de lo que sea.
Por algo no habrá promovido Mao el deporte de competencia y prefería el desfile de banderas rojas y cuadros calisténicos realizando imágenes revolucionarias. Por algo no quiso mandar a sus soldados a competir a Helsinki, Melbourne, Roma, Tokio, México, Munich y Montreal. Por algo lo olvidaron, también.

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